No sé si te ha pasado lo mismo. Para mi desgracia, no puedo vivir sin libros.
Es una obsesión compulsiva, una adicción. Voy a las librerías como otros van a comprar droga. Salgo con libros nuevos y nuevos libros, y con la vergüenza del obsesivo sexual tras el orgasmo solitario e inconfesable en YouPorn (cuyo acceso, por lo menos, es gratuito).
Leer es un vicio impune, dijo el poeta francés Valery Larbaud (ni siquiera los franceses lo leen).

¿Para qué leer tantos libros?
Sí, aprendí cosas deslumbrantes. Sé que un puñado de expertos en historia, literatura y calendarios se pelea feo para determinar, de una vez por todas, si es cierto que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día: el 23 de abril de 1616.
¿Y qué hago con eso en LinkedIn?
En el mundo corporativo soy el equivalente intelectual de un teléfono fijo: funcional, nostálgico, totalmente irrelevante. Mis competencias son preciosas para el alma y completamente inútiles para Recursos Humanos.
Se necesitan ingenieros, desarrolladores, programadores, expertos en datos… además de los indispensables egresados de la carrera de administración de empresas (o sea, nuestras business schools).
Soy el heredero de un humanismo clásico derrotado por los dueños de las Big Tech que sueñan con el transhumanismo.

La lectura tiene futuro
Andaba desanimado y hundido el día que compré el libro de Juan Villoro, No soy robot.
“En No soy robot trato de ver cómo la lectura y la cultura pueden resistir y dialogar con las nuevas tecnologías”, dijo el autor en una entrevista con Algo.
“El mundo de la tecnología digital llegó sin instrucciones de uso. Si tienes una preparación como lector, puedes entender mucho mejor el mundo disperso de las redes”.
“La cultura sirve para discernir. Y se ha vuelto particularmente urgente en la marea digital. La literatura trata de recibir, pero también de reformular aquello que recibes”.
“La literatura moderna nació como metaliteratura (o sea, como una narrativa híbrida que analiza los mecanismos de la creación además de contar una historia, ndr). El Quijote es una novela que, entre otras cosas, trata de cómo se escribe una novela. Ya es una realidad virtual”.
“La novela más conocida de la cultura mexicana, Pedro Páramo, es una historia en la que todos los personajes están muertos. Hablan de manera deslocalizada. Es como si fuera un chat en Facebook”, analiza.
“La literatura nos ha dado un adiestramiento previo. Gracias a ella podemos entender mejor lo que sucede en redes sin ser sus rehenes. Mucha gente está hipnotizada y no piensa por cuenta propia”.
De eso se trata: de pensar por sí mismo. En su libro, Juan recuerda la historia no de un escritor, sino de un ingeniero ruso que salvó al planeta de una catástrofe nuclear. La noche del 25 de septiembre de 1983, el teniente colonel del ejército soviético Stanislav Petrov tomó su turno en el centro de mando del sistema de alerta temprana antimisiles cerca de Moscú. Decidió no activar el sistema de alerta temprana, a pesar de que un satélite había detectado (equivocadamente) el lanzamiento de un ataque desde Estados Unidos. “Falsa alarma”, consideró con razón. Petrov recordó una verdad esencial, que salvó la vida de millones de personas según las estimaciones: las computadoras pueden fallar (o alucinar, como se dice hoy con la IA). Se fió en su sentido común: Si Estados Unidos lanzara un ataque nuclear, dispararía mil cohetes, no seis. “El mundo tuvo la suerte de que esa noche estuviera de guardia alguien con formación civil, un ingeniero que respondía más a la lógica que a la autoridad”, subraya Villoro.
En enero, una periodista española, Laura G. de Rivera, también publicó un libro cuyo título es elocuente: Esclavos del algoritmo. Manual de resistencia en la era de la inteligencia digital. Se puede resumir el libro leyendo la última frase de la última página: “Atrévete a librepensar”, nos avisa la periodista española Laura G. de Rivera en conclusión de su libro Esclavos del algoritmo.
Nada más te dejamos un frase del libro para terminar: “Si no piensas por tu mismo, si no reflexionas sobre las fuentes, si no contrastas las versiones, si te crees sin más los textos, audios o vídeos que vas pescando en internet o que te reenvían los amigos, bien podrías también renunciar a tu calidad de ser humano consciente y capaz de juicio…y a tu derecho a votar en una sociedad democrática”.